Un duelo o una cuarentena

Llevaba tiempo buscando la palabra más específica para la sensación que tenía dentro y hace unos días, después de cenar, mientras leía la aleatoriedad de los mensajes que la gente comparte en las redes sociales (noticias desesperanzadoras, bromas para sobrellevar el confinamiento, mensajes cotidianos como si nada hubiese cambiado), detecté en mí el sentimiento de desarraigo, no respecto a un lugar sino a un tiempo, a un momento de mi vida en el que las cosas seguían un orden medianamente continuo, con pequeños sobresaltos y rutinas que, tal y como me había propuesto, no pretendían nunca proyectar planes de futuro más allá de unos meses vista.

En estos días de silencio en los que todo ha cambiado excesivamente y en los que aún no he aprendido a manejar ni a digerir, de vez en cuando me ocupo pensando en cómo volver, porque ni yo soy la misma ni lo son los demás –mientras intentamos aferrarnos a lo que hemos sido hasta este momento—. Cómo soy sin ser yo, sin ser entera, cargando con emociones comunes sobre esta irrealidad y con emociones absolutamente privadas y arrolladoras que no consigo procesar en medio de la anormalidad.

Me resulta imposible no acordarme de la época en la que no era capaz de salir de casa. Poner un pie en la calle suponía horas de preparación. Salía a veces, cuando no me quedaba más remedio. Otras, dejaba entrar a personas, cuando no me quedaba más remedio. También a veces, quería salir y quería dejar entrar, pero eso suponía un esfuerzo mayor para el desgaste que sentía: me pesaban la culpa y la vergüenza, la decepción, el lastre. Así que lo más sencillo, para no explicar y para no sentir, era alejarme lentamente de todo. Las paredes de mi habitación se convertían en el caparazón invisible de mi tristeza. Desde el útero de mi cama observaba como iba cambiando la luz del día, adivinaba la vida de la calle por los sonidos que llegaban a través de las rendijas de las ventanas y construía una baraja de excusas y razones para alejarme de la vida real y descansar.

Hoy todo aquello está muy lejos y muy cerca. Siempre he temido volver temer de esa forma, volver a cansarme de esa forma. Hoy es extraño porque quiero salir y no debo, y también siento miedo de no ser capaz de hacerlo cuando pueda (pero todo llegará). Hoy es extraño porque necesito excusarme para respirar y descansar y no hay nadie fuera a quien darle mis razones para hacerlo. Necesito silencio y hoy la vida está aquí, en este teléfono, en este cuerpo virtual a través del que intentamos darnos la mano y abrazarnos y del que siento que me alejo con gran facilidad. Aquí todo sigue imparable y yo sólo soy capaz de leer y mirar en silencio.

Pienso en si debería hacer algo. Veo a todo tipo de personas poniendo en práctica las herramientas de mi profesión y veo mi profesión atravesada por una realidad que paraliza su proceso. Observo mi estudio, inerte e ignorante, absolutamente impotente e inservible. Todo lo que pienso me lleva a ti y todo lo que hago se impregna del exterior. Cualquier tentativa me resulta obscena. Cualquier tentativa me resulta sólo tentativa.
Busco un código deontológico en mi estómago reventado de noticias. ¿Qué vamos a hacer? ¿Entretener? ¿Ahondar en esto de manera catártica? Me intimidan el ego y el ansia. Siento que es pronto para hacer poesía. Necesito transitar. Necesito aprender a transitarlo. Sólo puedo hacer lo único que he sabido hacer cuando me pierdo, cuando no lo entiendo, cuando necesito sentirlo, cuando huyo, cuando duele, cuando «al respirar se siente como un vidrio roto», para procesar, para que «el agua envenenada pueda beberse».

Pienso en qué deberíamos estar haciendo, cuál es nuestro papel, nuestra responsabilidad. Si estamos mejor en silencio o hace falta la palabra. Hoy me han cobrado la cuota del mes y pienso en si es buena idea ser voluntaria en espacios de entretenimiento y escucho a Cave y leo a Maillard y a Barthes y escribo y me pregunto y dudo y me duele todo. Me duele no poder abrazar cuando toca abrazar. Pienso en las personas en las que siempre pienso, en personas que no conozco, en personas que están lejos, en personas que no pueden ni pensar en las personas, y pienso en las palomas y en los gatos callejeros y en los relojes y en los calendarios.

El tiempo se ha invertido. Pienso hacia el pasado en lugar de hacia el futuro. Busco un rato cada día para escribir en mi agenda lo que he comido, con quién he hablado o si ha ocurrido algo que me ayude a distinguir este día de entre los demás, y cada mañana, cuando me despierto, me recuerdo la realidad para conseguir salirme del sueño. Repito este ritual varias veces al día de manera inconsciente, como si la parte de mí que arrastra dolor y culpa comenzase su turno en el tedioso trabajo de reinstalar en mi memoria las malas noticias.

Fantaseo con el momento del cierre del capítulo, cuando hablemos en pasado. Fantaseo dolorosamente con el momento en que la rutina se restablezca y poder sentir y procesar lo que no puedo sentir y procesar en un momento como este. Y, mientras lo hago, a veces me inunda ese sentimiento de desarraigo y saqueo por la certeza de que nada va a ser igual.