(el temblor, el brillo)

hay,
en los ojos de los perros,
un brillo que cae hacia mis vértebras. un brillo
que deposita entre sus pliegos,
–sus huecos, sus muescas–
pedazos de espejo.

y cuando se dibujan dos líneas blancas
por debajo de sus iris,
esa curva
es el mismo peso áspero que se deposita en mi pecho
y hunde la forma de mis ganas.

y cuando hablan, es en voz baja,
escondiendo las palabras entre los dientes.
y hablan rápido, en todos los idiomas
y con mi voz.


hay un temblor al que llevo años buscándole un nombre
que no sea el mío propio.

lo he cuidado como a mis plantas:
olvidándome de vez en cuando.

es húmedo y se agrieta.
no tiene tiempo, no sabe lo que ocurre.
percibe y responde al cambio en el calor.
percibe y responde al cambio en el sonido.
es ahora, nunca y todo el tiempo.


hay siempre
un fragmento de día
en la duda hundida entre mis dedos.

pero esa grieta no duele como dolía,
no huele al duelo de olvidarse.
apenas hace ruido, sólo a veces, sólo en
un fragmento de día,
cuando mis dedos recuerdan los daños.


hay,
en los ojos de los perros,
una búsqueda por los ojos de otros perros.
sabuesos siguiendo el rastro del olor del peso
que llevamos en el pecho, a punto de estallar.