Paramos a mitad de camino. Mis dedos se estaban astillando de tanto agarrar el volante y a él le comenzaba a palpitar dentro del pecho aquella clásica urgencia de parar el tiempo. No lo decía en alto pero yo sí lo sabía, por sus dientes apretados y sus ojos hundidos en sus pensamientos. En realidad yo lo sabía muy bien. Siempre fuimos de mucha cabeza y pocas palabras.

Orillé el coche y abrimos las puertas. Yo me senté en el bordillo. Él vino hacia el otro lado del vehículo y apoyó su espalda sobre la puerta trasera. Cerramos los ojos, elevamos el rostro al sol que se derramaba sobre el asfalto y no dijimos nada. Durante varios minutos no dijimos nada. En aquel momento no éramos más que dos sacos de basura acumulados en la puerta: semi-líquidos, olorosos, mentirosos y pacientes, esperando el momento de salir de alguna parte para meternos en otra.

Abrí los ojos y el azul incandescente del cielo me golpeó las retinas. Bajé mi mirada hacia mi hermano y de pronto le vi tan calmado, siguiendo con sus ojos los coches que pasaban por la carretera, que le quise querer. Pero digo quererle como cuando viajábamos juntos cantando el uuh you make me live imitando la voz de Mercury. Después recordé que mi corazón no supera el tamaño de una aceituna y que fue él quien decidió poner en marcha este estúpido viaje. Yo sabía que aquello no era más que una excusa para mover nuestros huesos a otro sitio. Yo lo sabía muy bien.