esta noche sí. te dejo.
después de tantas lunas,
después de tantos pájaros,
esta noche ven, abrígame.

te he odiado.
te he necesitado con cada uno de mis huesos.

me ahogué en ti.
ardí.
morí.

y respiré.

me has hecho y deshecho y dado la vuelta
y tumbado y dolido
y quitado.
me has quitado.
me has dado de beber y me has dado hambre.

yo no hice nada.
yo no hice nada por ti.

sólo te miré.
sólo te escribí.
sólo
te viví.
por mí.
sólo lo hice por mí.

sólo
te quise
te busqué
te pisé y te olvidé. y volví.
siempre volví.

bebí de tus charcos.
bebí de tus idiomas, tus poetas, tus
turistas
vagabundos
perros
gaviotas

me dejé engañar
por ti.

me metí en tus tripas, lo sentí
cómo tú y yo
pum
pum
y tus gusanos salían por tus huecos y venían
por los míos.

y yo metida en los gusanos de tus tripas.
y tú metida en las letras de mis grietas.

quiero que entres ahora aquí.
que me comas.
que me hundas.
que me transformes
otra vez
que me mates
que me olvides
me idolatres
me recuerdes que mañana
te odiaré
y al siguiente
estaré pidiéndote que vuelvas y al
otro me habré ido y no te
pisaré
oleré
más
hasta que vuelva

que no te querré
hasta que vuelva

pero hoy
ahora
esta noche
ven


︎


Siempre me he imaginado a Barcelona como una especie de mujer con cabeza de leona y tripas de metal. He escrito sobre ella varias veces como si se tratase de la relación más pasional y abusiva que he tenido… y seguramente haya sido así. La miro y la adoro, y la pienso y la maldigo.
Durante los últimos años vi mi nombre escrito en billetes de avión que me ubicaban en un lado y me exigían en el otro. Mordí sus grietas, vacilé en su orilla. Escogí su bando, gélido y cálido, árido y húmedo, eternamente líquido. Su bochorno eléctrico, su lluvia de barro, su viento salado. Sus golpes, sus abrazos.

Llegué escapando y abrí los ojos. Cambié. Crecí –mi corazón también. Me fui a contarlo y volví enseguida, esta vez sin saber a lo que venía. Comencé a hundirme y a perderme. Disfruté del verano antes de que cayese el invierno más largo. Descubrí el fondo y lo exploré a sabiendas de que volvería a visitarlo. Creé nido, me rodeé de familia y peleé por el sueño más frágil. Me sumergí en sus días, su lengua, sus calles, sus luchas. La vi destrozada y valiente, y dura, y amable. Y cuando más me costaba, llegó mi compañera de combate, catalana de nacimiento y gallega por adopción, peluda, testaruda y con las mismas garras felinas capaces de sacarme a flote.
En Barcelona fumé más, bebí más, lloré más. Dejé de respirar y quise desaparecer. Pero en Barcelona amé como nunca. Y aprendí a amar. Y aprendí. Sobre todo, aprendí. Que todo pasa pero que mientras no pasa, duele, y ese dolor es personal y relativamente transferible. Y que las cosas vienen como quieren y las tomamos como podemos. Y que a veces van bien y otras como la mierda y que no todos los sentimientos ni sensaciones responden a algo. Aprendí a ver, a mirar, a alzar la voz, a respetarme (o, más bien, aprendí que debo respetarme). Aprendí a luchar y a estar triste. Y que todo es un flujo, que nunca nada es siempre. Seguramente el lugar que más vida me ha quitado es el sitio en el que más he vivido.
Escribo esto desde una habitación pálida y con eco. En el pasillo se amontonan cajas de cartón con mis últimos cinco años. No tienen código postal, sólo hay ideas, planes B, C, Z. La ventana está abierta buscando que corra un poco de aire. La ciudad ruge tenuemente, y los semáforos en rojo dejan breves silencios para oír a la gente disfrutando del verano. Mi cabeza se vuelve melodramática y te pienso, Barcelona, como si jamás vaya a verte otra vez. Como si esto fuese un final de verdad y estuvieses cortando conmigo y no me dejases volver a pisarte y atragantarme con tus calles. Como si no fuese a volver jamás a los Verdi, a tomar una caña a la terraza de abajo o a hacer un par de recados por el centro que me quiten toda la mañana. Como si nunca más pueda volver a sentir cómo se va a atenuar el calor en las noches tormentosas de septiembre. Y lo bonita que te pones en otoño, con ese frío postizo y ese sol de refilón que cae sobre los capós de los coches y los balcones del Eixample. Y cómo llega el invierno de un día para otro como un jeringuillazo, y cómo lo compensas con el breve pero intenso sol de febrero. Y la energía que me quita tu primavera y su olor a asfalto mojado y mis tentativas de empezar a alargar las noches contigo, leve y llovida. Y la humedad ardiente de estos meses de sudor y noches largas, cuando hace calor.
Te encontraré en todas partes… y te encontraré a faltar.
Soy una melodramática. Siempre lo he sido y tú me has empeorado. Me has vuelto loca –guiño, guiño. Me has martirizado y bendecido.
No me quiero ir, pero lo estoy haciendo.
Y en alguna parte de mí creo que no me quieres echar, pero lo estás haciendo.
Cómo te odio y cómo te quiero, cabrona.
Que et vagi bé.